ESTUDIANTES

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Día Internacional del Libro: IVA e índices de lectura

Por Carlos Mallea Garrido
Director del Sistema de Bibliotecas UTEM

“Desde el punto de vista cuantitativo, han aumentado los lectores en la región, pero la lectura profunda se ha acabado”, destacó el director del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), Fernando Zapata.

Chile, con un IVA de 19% para los libros -uno de los más elevados del mundo, detrás de Dinamarca que grava estos productos con un 25%- es, precisamente, el país latinoamericano donde más se lee, con 5,4 libros por año, según los datos que el CERLALC ha recopilado durante la última década.

A pesar de ello, durante la última edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago, los chilenos han manifestado su descontento con que casi un quinto del valor de un libro corresponda a impuestos.

En primer lugar, habría que destacar el alto porcentaje de “no lectores” de libros en la región. El país de América Latina con el menor porcentaje en este ítem fue Chile, que en 2011 alcanzó un 20% de población no lectora.

En promedio, el índice de lectura de libros en los países estudiados es de alrededor del 50%, con una frecuencia que va desde al menos una vez al mes hasta una al año para la población lectora.

Argentina registra el porcentaje más alto de lectura de libros (el 70% leería un libro al año), seguido por Colombia (54% leería varias veces a la semana) y Chile (51% leería una a tres veces al mes). En cambio, los porcentajes más bajos son los de México (27% habría leído en el último año) y Perú (35% habría leído al menos una vez al trimestre).

Por otra parte, el índice de lectura de revistas también lo encabeza Argentina, con el 67% de la población lectora, seguido por Colombia, con el 50%, y Chile, con el 47%. En España, el porcentaje es de 48%.

En Argentina, el 89% de los lectores encuestados manifestó leer periódicos. Luego, están Perú (71%) y Colombia, cuya población lectora de periódicos dio un salto desde 2005 (29%) a 2012 (63%). Brasil registra el menor índice de lectura de periódicos (15%), y Portugal y España presentan uno del 83% y el 78%, respectivamente.

Finalmente, uno de los indicadores más representativos del desarrollo lector de la población es el consumo promedio de libros al año entre la población lectora de libros. En Latinoamérica, Chile y Argentina encabezan la lista con 5,4 y 4,6 libros promedio leídos al año por habitante, respectivamente. Colombia, con 4,1 libros en 2012 y Brasil, con 4,0.

Este indicador (uno de los más ilustrativos de la situación en la región y, tal vez, el que da una idea más clara del desarrollo lector de los países), debe ser analizado de forma detallada para entender los fenómenos que hay detrás e identificar los ámbitos donde deben aplicarse las políticas. Esto implica conocer qué cantidad de dicha cifra representa la lectura de libros didácticos (textos escolares y académicos) y de libros de interés general.

Analizar el histórico del indicador permitirá medir el impacto de muchas políticas públicas como la dotación de libros a estudiantes, la implementación de bibliotecas públicas y escolares, y la generación de hábitos de lectura diferentes a los impuestos por las instituciones de educación.

Si bien se puede pensar que debido al alto precio de los libros se desincentiva la lectura, Chile es precisamente el país latinoamericano donde más se lee. La eliminación de la medida tributaria -IVA- quizá no cree más lectores, pero podría ser un factor importante, a largo plazo, para el crecimiento de nuestras bibliotecas.

Día de la Tierra: la importancia de la sustentabilidad en educación

Por Óscar Mercado Muñoz y Víctor Hugo Acuña Viera, Presidente de la Comisión de Sustentabilidad de la UTEM
Secretario Ejecutivo de la Comisión de Sustentabilidad de la UTEM

Cada 22 de abril celebramos “El Día de la Tierra”, un espacio que se generó en 1970 en Estados Unidos cuando la ciudadanía exigió de su Gobierno un compromiso real y efectivo ante los problemas ambientales que cada día enfrentaban.

Como consecuencia de este movimiento ciudadano, nació la Agencia de Protección Ambiental, dando un punto de inicio a la preocupación ambiental oficial. Con el paso de los años, esta fecha ha llegado a ser parte, incluso, de las actividades de las Naciones Unidas.

Mucho tiempo ha transcurrido desde ese ahora lejano 22 de abril de 1970 y aún podemos observar con preocupación que, a pesar del tiempo transcurrido, los problemas ambientales siguen estando presentes en el planeta.

El cambio climático (producto de las emisiones de CO2 generadas a lo largo y ancho del planeta) y la pérdida vertiginosa de biodiversidad (expresada en pérdida de hábitats y su consecuente sexta extinción) son el mejor resumen de cómo no hemos aprendido aún a comportarnos como una especie racional de cara a nuestra sobrevivencia.

El dato, conocido y claramente ilustrativo, indica que para sostener nuestros modelos de producción y consumo necesitamos dos planetas y medio. Estamos, sin lugar a dudas, explotando nuestro ecosistema más allá de los límites razonables.

En este escenario, en que existe un gran consenso científico respecto de cómo el ser humano degrada el planeta, la razón última de por qué seguimos haciéndolo responde a la ausencia de educación: una educación en sustentabilidad que, como lo indica su nombre, eduque a los jóvenes en los valores de la sustentabilidad.

El desafío en este sentido es enorme. La educación ambiental, dirigida principalmente a la educación primaria, comenzó en la década de 1970 y ha realizado importantes avances de la mano del compromiso de múltiples Gobiernos a lo largo del mundo. Sin embargo, ¿de qué sirven esos esfuerzos si al llegar a la educación superior, la temática de la sustentabilidad no tiene presencia ni prioridad?

Quien toma las decisiones sobre modos de producción y consumo es aquel profesional formado en una universidad. Si este profesional no conoce los conceptos de sustentabilidad, tasa de explotación, tasa de crecimiento, flujo de residuos, capacidad de asimilación y externalidades, y además su institución consume recursos de manera irrestricta y genera residuos masivamente, es muy difícil que sus decisiones colaboren en mejorar la sustentabilidad del mundo en que vivimos. La universidad sustentable es, bajo estas circunstancias, un “debe”.

Las casas de Educación Superior en Chile deben comprometerse institucionalmente, mantener buenas prácticas ambientales y, sobre todo, incluir en el currículo los temas de sustentabilidad. De que se haga bien y de que los profesionales universitarios tomen sus decisiones con criterios de sustentabilidad depende que pueda celebrarse en el futuro, con real propiedad, el Día de la Tierra.

En la Universidad Tecnológica Metropolitana del Estado de Chile, podemos demostrar con orgullo nuestro quehacer al respecto, ya que somos una universidad comprometida con la sustentabilidad: tenemos asignaturas relacionadas en todas las carreras y avanzamos rápidamente en alcanzar una gestión de campus eficiente. Por lo tanto, podemos afirmar con propiedad que nuestros profesionales sí aportan al desarrollo sustentable del país.

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Patrimonio, medio ambiente y educación

Por Rosa Chandía Jaure
Académica Escuela de Arquitectura

El escenario que ha quedado tras el incendio de Valparaíso, en cada una de las laderas y quebradas, ha incentivado la reflexión acerca de las evidencias de los problemas no resueltos que afectan a la ciudad, como la falta de planificación urbana, la adecuada gestión ecológica de zonas rurales que rodean a los asentamientos y la correspondiente implementación técnica para la prevención de los riesgos asociados a fenómenos ambientales.

Sin embargo, otro factor de gran relevancia ha sido la constatación de una falta de conocimiento local sobre la valorización ambiental del entorno por parte de sus propios habitantes.

No nos sirve que Valparaíso sea un lugar declarado “Patrimonio de la Humanidad” si los propios habitantes no consideran el conjunto como parte de su propio patrimonio local y no se vinculan profundamente con las particulares características territoriales, el reconocimiento de sus condicionantes y sus restricciones.

El patrimonio de Valparaíso se debe entender desde una visión holista, que integre los monumentos formalmente declarados y los espacios que se habitan junto con la identidad cultural que los mismos habitantes van construyendo en esta forma de habitar.

Para ello, es preciso mejorar la valorización de lo propio, más allá del espacio privado de cada habitante. Es decir, las calles; los espacios públicos; los fondos de quebradas; los cursos del agua; los límites de las cuencas; la relación interdependiente entre un cerro y el otro; los recursos disponibles; los elementos bióticos; y los factores ambientales que inciden y que pueden llegar a ser restricciones del entorno en una visión de conjunto.

Este reconocimiento ambiental sobre el lugar implica reconocer el impacto que tienen las acciones humanas, tanto en la decisión respecto a un emplazamiento, en el proceso constructivo del hábitat y en el uso cotidiano que tienen los espacios entre las edificaciones.

La presencia de residuos y escombros en las quebradas a corta distancia respecto de la ubicación de una vivienda han incrementado el riesgo frente a los fenómenos ambientales, propiciando entornos poco saludables, poco amables y poco apropiables.

Uno de los mayores desafíos de este momento consiste en cómo replantear la reconstrucción y la apropiación del entorno por parte de sus propios habitantes.

No sirve que la reconstrucción se realice desde el asistencialismo: es preciso dotar de herramientas técnicas y conocimientos a los habitantes para que colaboren en la reconstrucción de su entorno y en la formalización del hábitat informal, de manera que se puedan considerar los riesgos ambientales y se desarrollen acciones que propicien ambientes saludables de un lugar que les pertenece.

Un claro ejemplo de las posibilidades de esta reconstrucción implica transformar el metabolismo del flujo de recursos y residuos que cada vecindario tiene en su habitar. En otras palabras, reconocer el valor del residuo y fortalecer un plan de gestión apropiada de ellos, junto a la rehabilitación de espacios públicos para las propias comunidades de vecinos.

En primer lugar, ¿qué ocurrirá con todos los residuos de los escombros que dejará tras de sí la limpieza de cada cerro?
En segundo lugar, una vez restablecido el orden y superada la emergencia, ¿el uso cotidiano volverá a llenar las quebradas de residuos?

Frente a estas preguntas, es necesario incentivar la educación ambiental, la educación sobre el patrimonio urbano y la creatividad para mirar las cosas de distinta manera, encontrando valor en los factores que hoy son una amenaza; y favorecer un ambiente que reconozca el valor del residuo sólido urbano como un potencial recurso. Por lo tanto, es preciso desarrollar planes de gestión local que propicien la reutilización y el reciclaje y otorguen herramientas a la comunidad para apropiarse de los espacios fuera de las viviendas.

El Patrimonio de Valparaíso se valoriza cuando se obtiene una visión integrada entre los organismos públicos, organizaciones privadas, gestores culturales, juntas de vecinos y los propios habitantes.

Trabajar en conjunto para recuperar el valor del paisaje cultural que tiene Valparaíso requiere mejorar las falencias; vincular de manera más cercana a los habitantes con las particularidades de su entorno; y propiciar la reconstrucción colaborativa y la participación entre todos los actores involucrados, de manera que cada espacio abierto sea visto por los habitantes como la continuación de su casa y, por lo tanto, se preocupen de cuidarla y mantenerla en el tiempo. Eso es cultura local, patrimonio intangible y para toda la humanidad.

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