José Antonio Román, académico UTEM y Estallido Social: “Nuestra idea es hacer un análisis serio de lo ocurrido”

¿Cuáles son las características de la manifestación social en Chile? ¿Cómo se proyecta esta práctica en el país? Estas y otras preguntas forman parte del debate al que invita el coloquio organizado por la carrera de Trabajo Social UTEM: “A siete años del Estallido Social ¿Qué podemos esperar?”.

A lo largo de la historia del país, la protesta social ha tenido distintos bemoles que la diferencian según el periodo a analizar. La más reciente es la experiencia vivida con el Estallido Social del año 2019.

Siete años después, los temas que originaron esa expresión siguen presentes tanto en el tejido social del país como en el ejercicio de la movilización social en sí. Para los académicos de nuestra universidad Claudia Fedora Rojas y José Antonio Román, es necesario incorporar esa reflexión en la formación de los y las estudiantes de Trabajo Social UTEM, como parte de la comprensión que deben tener en cuenta al momento de desarrollar su labor profesional.

En esta conversación, Román -quien es docente de la asignatura de “Psicología Social” en la mencionada carrera- analiza algunas de las reflexiones forman parte de la conversación que se desarrolla el jueves 8 de octubre a las 9:30 horas en la Biblioteca Campus Central de nuestra universidad.

¿Cuál es el objetivo académico o pedagógico de este coloquio? ¿Qué se espera que los estudiantes reflexionen o analicen a partir de esta instancia?

– Esta iniciativa nace de una observación de la investigadora e historiadora Claudia Fedora Rojas, colega de la universidad, con quien compartimos la idea de que a partir del año 2019 se detecta un vacío en el ámbito político, social y económico. Un vacío en el sentido de prácticas de sumar la perspectiva académica a las ópticas de la sociedad civil.

Esperamos es que los y las estudiantes enriquezcan su formación en estos temas de la mano de invitados de alto estándar académico, con una alta experiencia.

Tenemos al profesor Luis Corvalán, historiador, profesor titular de la Universidad de Valparaíso. Y gente también muy documentada, con mucha experiencia en liderazgo de movimientos sociales, Luis Mesina, dirigente de Movimiento No+AFP. También rescatando la experiencia de exalumnos nuestros que han tenido participación destacada en movimientos sociales, como Marcos Donaire, alumni de Trabajo Social.

Se cumplen siete años del estallido social, de algo que parecía tan importante dentro de la vida política chilena y del cual se pensó o se esperó que derivara en cambios sociales favorables para la ciudadanía.

Sin embargo, si tú haces un balance de las demandas que se plasmaron durante ese movimiento social -que eran muy concretas: empleos, salarios, pensiones dignas, salud, educación y algunas cuestiones territoriales vinculadas a pueblos originarios- lo cierto es que no sólo no estamos mejor, sino que -por el contrario- estamos peor. El país ha regresado en todas esas materias. Por eso la voluntad de este coloquio es invitar a conversar en qué consistió este estallido, qué pasó después, por qué estamos como estamos y qué nos cabe esperar como sociedad civil.

En ese sentido, ¿la charla anterior, con la doctora Villegas, también se inscribe en este pilotaje?

– Sí. Se inscriben en los eventos de aportar herramientas analíticas. Justamente, valga la redundancia, para el análisis de la acción colectiva de los movimientos sociales. En ese casó fue con el componente territorial de las ciudades.

A grandes rasgos, ¿cómo ha cambiado el ejercicio de la manifestación en Chile desde el estallido del 2019?

– Diría yo que en términos de acción colectiva y movilización social-política, las últimas que cumplían con algunos estándares de lo conocido como políticamente efectivos fueron la Revolución Pingüina, que tenía una alta organización política, una claridad altísima en las demandas, y una organización transversal en términos políticos y territoriales, y masiva, además.

Luego tenemos justamente el movimiento No+AFP también, que logró una plataforma de alta convocatoria y que llenó las calles de Santiago al menos en dos oportunidades. También tenemos movilización en perspectiva de género, muy relevante.  Y me parece que hubo por ahí alguna manifestación relevante del sector de la educación.

Ahora, el 2019 fue una cuestión totalmente atípica, es decir, fue un movimiento, diría yo, muy de cuerpo, de pieles, de cansancio, de indignación, muy emocional. Con claridad de la demanda política, con mucho compromiso emocional sobre esa demanda, sobre todo de mucha gente joven, pero con una muy baja articulación en el sentido de comprender cuáles eran las estrategias y los pasos políticos para conseguir esas demandas.

A diferencia de muchos movimientos estudiantiles que ocurrieron para terminar con la dictadura, este movimiento, principalmente de jóvenes, rechazó -por una parte- a los partidos políticos y -por otra- tampoco se articuló con el movimiento obrero, por ejemplo. Así, se careció de estrategia ante lo cual la respuesta del sistema fue una engorrosa ruta hacia una reforma constitucional.

Ninguna de las demandas que plantó ese estallido requería una reforma constitucional. Ninguna. Si hubiera habido una buena voluntad política del Ejecutivo y del Congreso, se podrían haber resuelto en el gobierno Piñera o en el de Boric. Sin embargo, no fue así. Se tomaron medidas al revés.

Entre los gobiernos de Piñera y de Boric, y sobre todo en el actual, por desgracia, se criminaliza la protesta social. Se aumentan las atribuciones de las policías para intervenir. Se genera una impunidad, porque no hay consecuencia para las violaciones de derechos humanos.

Además, se toman medidas que contravienen muchas de las demandas de esta movilización social. Por ejemplo, lo que se llamó la “permisología medioambiental”, que atacaba a los territorios y a las comunidades campesinas, pero sobre todo indígenas. También lo que fue el perdonazo a las isapres en el tema salud.

Alrededor del estallido social, yo diría que hubo mucha fascinación académica, con mucha publicación de textos. Surgieron frases casi publicitarias como “Chile despertó” y otras similares. Lo cierto es que si eso fuese así, hubiésemos tenido un cambio en esa dirección y no en la dirección totalmente contraria como lo que existe hoy.

Chile no despertó. Diría que justamente hoy día tenemos una necesidad en las ciencias sociales y humanas de hacer un análisis más serio de esto y de la situación en la que nos encontramos. Y la invitación es esa, iniciar estos diálogos más sinceros, de mirar las cosas tal como fueron, tal como están y que -en rigor- se encuentran en una pasividad increíble.

¿Qué elementos cree usted que se han mantenido desde el espíritu del 2019 y siguen presentes hoy?

– Diría que siguen presentes las demandas ciudadanas, evidentemente. Sigue presente también que no se gesta una estrategia colectiva políticamente eficaz. Lo que cambia son los efectos por una parte del miedo derivado de la manipulación y de la criminalización de la protesta social, de la violación de los derechos humanos y de la impunidad. Hoy día hay un escenario, diría yo, muy peligroso para la acción colectiva.

Porque supuestamente estamos en el paraguas de la democracia, pero no hay derechos civiles para la protesta social en Chile. Entonces, por otro lado, asemeja un poco a lo que pasaba en el periodo civil-militar: la manifestación social implicaba un gran riesgo. Creo que todavía no termina de cuajar esta cuestión de cómo lograr satisfacer esta demanda.

También creo que lo que ha cambiado para peor es lo que se podría llamar la capacidad del sujeto histórico de analizar su contexto social. De acuerdo con el material documental existente, es posible indicar que eso antes sí era posible no sólo en sectores privilegiados de la sociedad, sino que también en el ámbito de los trabajadores y las trabajadoras.

Hoy, en cambio, la proclama es mucho más emocional, más vinculada a la indignación. Y eso en un contexto que llamaría como de “desesperanza aprendida”, que es un tremendo daño político, más la reorientación de la satisfacción a formas de gratificación pasajera -y que se encuentran más “a mano”, por así decirlo- como las alternativas que ofrecen el consumo y las redes sociales.

Entonces hay un desvío de la atención política, todo lo cual lleva -por lo tanto- a la despolitización, fundamentalmente.

Finalmente ¿cómo se proyecta el ejercicio de la manifestación pública en nuestro país?

– Creo que eso todavía no termina de cuajar. Por todo lo planteado aquí, estamos en un escenario en que la gran pregunta es qué nos cabe esperar ante las movilizaciones. Es una duda en la que debemos conversar entre todos y todas, ya que implica cambios a muy distintos niveles.

El primero pasa por la conciencia, por la reflexión, por el diagnóstico de dónde estamos, y luego por el pensamiento colectivo y la organización para ver cómo lo hacemos. Pero evidentemente no podemos seguir así, porque el país se está hundiendo en muchas dimensiones de manera simultánea.

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